K A M C H A T K A

Revista de análisis cultural

Abel Gavira Segovia. “Turno de palabra” y “Cuento del Carmen”

Abel Gavira Segovia (La Línea de la Concepción, Cádiz, España, 1979). Licenciado en Filología Hispánica y Filología Inglesa por la Universidad de la València, actualmente es p profesor de Lengua y Literatura en el IES Mediterráneo de La Línea.

Ha colaborado con varios relatos en la revista Utopía de la Universidad de Málaga y publicó dos  relatos en una selección de cuentos de las Ediciones Internacionales de Valencia y de la editorial El Nadir.

Turno de palabra

Nunca he sido guapo, lo sé. No soy de esos hombres que hacen suspirar o girar la vista disimuladamente. Tampoco tengo una elegancia innata, me gusta la ropa cómoda, no tengo ni idea de combinar colores y aprovecho cualquier prenda que se ajuste bien a mis 1´70 cm mal medidos. No tengo habilidades especiales, si intento hacer una rabona jugando al fútbol, seguramente me tuerza de nuevo el tobillo y no creo que lograse establecer una marca de Guiness sin que apareciese de nuevo las dichosas piedras en el riñón.

Sin embargo, desde pequeño tuve el gusto y la capacidad para aprender a nombrar la sensación ante cada emoción sentida. Puedo identificar claramente cuando he llegado a tocar fondo, cuando me he sentido radiante, cuando compungido, dichoso o, incluso, enamorado hasta las trancas. También he llegado a saber diferenciar y marcar claramente la sensación y si digo que estoy huraño, no quiero decir ni enfadado ni molesto, quiero decir huraño. De la misma forma que no tengo por qué estar feliz si me siento óptimo ni triste si me siento sobrecogido.

Puedo identificar también los sentimientos que provoco y expresarlos en voz alta, a pesar de que ya no estés, y saber alejarme y desaparecer cuando ya no sientes felicidad, estabilidad o excitación sexual que eran las únicas sensaciones que me interesaban despertarte.

Por todo ello, me alegra saber usar estas minúsculas herramientas, estas breves ondas de aire que salen de mi boca para aclarar mi mente, estos sonidos tan cargados de potencia que me definen, me consuelan, me sitúan y que siempre impiden que en noches como esta me encuentre tan terriblemente solo.

Cuento del Carmen

¡Vente conmigo al Carmen, niña! Porque si lo haces, seguramente caerás. No es que yo sea una especie de don Juan o todo un artista amoroso, pero cuando me mezclo por las calles de este barrio de Valencia, soy casi infalible. Cada uno por su parte es apañao, yo no tengo una belleza excesiva ni impresionante, y el barrio tampoco está en un estado para tirar cohetes. Pero cuando nos juntamos los dos, la chispa salta y cada uno saca lo mejor del otro.

¡Y ya ves tú! Lo que puede hacer un andaluz por esas calles estrechas, con las casas apuntaladas y con la mezcla tan rara que se produce de gente, ambiente y formas. Pero esa es la verdad. Primero quedaremos donde tú quieras, hay veces que mi personalidad se toma un día libre y no tengo ganas de decidir el sitio; pero eso sí, luego iremos en dirección al barrio, y siempre andando, dando una vuelta, perdiéndonos por la calle como hago siempre que voy ya que nunca me quedo con los nombres ni los atajos.

Y mientras vayamos andando te escucharé atentamente, todo lo que quieras decirme, todo lo que te apetezca contarme. Y estaré en silencio hasta que entremos al barrio donde ya no pueda aguantar más mi incontinencia verbal y empezaré a hablar y a hablar, como una especie de música que hipnotiza. Iniciaré tres conversaciones a la vez y no terminaré ninguna, de una me iré a otra, y tu me contarás algo relacionado que me recuerde a una tercera. Aunque habrá veces que quiera sacar a la conversación algo que llevo pensando dos días o que creo que tengo ganas de decir y cuando, por ejemplo, estemos hablando de una pareja y me hables de necesidades, me haré el despistado y te diré que creo que estoy confundido porque creía que estábamos hablando de amor, no de economía. Parecerá muy natural, aunque en realidad haya estado ensayando la forma y el modo de decirlo al estilo Bogart durante mis largos paseos nocturnos y solitarios mientras evito que la gente se percate de que estoy hablando solo.

Y seguiré hablando aunque ya creeré que te tengo ganada, que en ese momento te apetece estar conmigo. Y entonces te daré la de arena para que no sea todo cal, y contaré uno de mis chistes malos, pero tu te reirás porque ya has entrado en la hipnosis. Del mismo modo que tú ya has empezado a hipnotizarme mientras bailan tus pupilas azules cuando te ríes.

Y entonces ya no sabremos por donde vamos, tan solo veremos muros pintados, edificios derruidos pero maquillados por la mano de artistas de la calle. Y te hablaré de mis viajes por la Tierra Media y por Macondo, de la manía que me ha entrado ahora por llamar todas las noches a alguien desde una cabina, de que yo también confundo gigantes con molinos de viento y, quizá, llegue a contarte que a veces me entran ganas de viajar a Uruguay porque estoy seguro de donde se esconde la Maga. Aunque esto último tal vez no lo diga porque decidiré hacerle caso a un amigo mío que siempre me aconseja que no se puede conquistar a una mujer hablándole de otras. Y comprenderé que tiene mucha razón porque en ese momento tan solo me importas tú, tan solo existes tú.

Así que no te hablaré de lo que me pasó con ésta o aquella. Del mismo modo que también intentaré evitar pasar por los sitios en los que estuve con ellas, por respeto a lo que pasó y ya no existe y por respeto a ti, porque hoy para mi tu eres única y te mereces toda mi atención y mi esfuerzo para buscar nuevas sensaciones y recorridos.

Buscaremos algún pub abierto porque ya llevaremos casi tres horas andando y hablando, y nuestras bocas pedirán a gritos algo de líquido. Y antes de entrar en el pub te miraré y quizás te diga que sé que estoy loco pero que tengo unas ganas de hacerte el amor que no me aguanto, que sé que es muy directo y todo, pero que a mi boca no le gusta beber sola y necesita cerca a alguien de su estilo.

Y tendremos suerte y el pub será de dos pisos, y a esa hora, aún no habrá nadie, y subiremos mientras suena algo de Triana que yo he pedido abajo. Y mientras bebo alternando del vaso y de tu boca se me pondrán los ojos de loco y te miraré fijamente. Y entonces vendrá gente y tú me dirás que pare un poco, pero ya seguramente me habrá dado la paranoia y jugaré a leerte tus derechos. No hables, te diré. Tiene derecho a permanecer en silencio, tiene derecho a un abogado, todo lo que digas y hagas será utilizado en su contra. Cállate, me dirás mientras me empujas hacia atrás. Y entonces hablaré más. Que nos están viendo, continuarás diciendo, y me acercaré a besarte más. Todo lo que digas y hagas será utilizado en tu contra.

Y al final saldremos del pub y acabaremos en cualquier sitio donde pueda cantarte al oído a solas un himno gigante y extraño que aprendí hace tiempo. Y mi cuerpo será exclusivamente para ti y yo me apropiaré del tuyo y al final no sabremos a quién pertenece la mano que asoma bajo el brazo o el muslo que acaricia una oreja. Y volveré a sentirme hombre de nuevo gracias al ritmo acompasado de tu voz de mujer.

Y una vez pasado todo esto, me dirás que tienes que volver a casa porque tienes cosas que hacer y yo me daré cuenta de que yo también tenía cosas que hacer y llego tarde. Y te acompañaré andando un trecho hasta la parada del autobús y allí desearé que el tuyo esté en huelga porque me importa muy poco que no tenga preparadas las clases de mañana o que esa noche me tocase a mí hacer de comer. Y cuando tu autobús aparezca, maldeciré a los sindicatos de la EMT que convocan los paros a horas que no interesan.

Y cuando te subas al autobús sentiré como si me hubiesen arrancado la costilla. Y te diré Cuídate y el autobús vencerá y te llevará dejándome con el humo en la cara. Y si te vas a casa encantada porque te lo has pasado muy bien, y tienes ganas de repetir, no me llames por teléfono, no me escribas al correo, ni siquiera vayas donde trabajo. Si es cierto que te ha gustado todo tanto, acércate una tarde-noche a uno de los pubs del Carmen en los que estuvimos y búscame en la parte de arriba donde te desabroché los botones de la blusa para colgarme en el balcón de tu escote.

Búscame allí porque seguramente habré ido para relajarme un poco y descansar de tanto explicar el Present Perfect y el Present Perfect Continuos. Y no tendré mejor manera de hacerlo que visitar de nuevo ese sitio y escribir un cuento donde me crea una especie de conquistador irresistible y que empiece por ejemplo: “¡Vente conmigo al Carmen, niña! Porque si lo haces…”

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