K A M C H A T K A

Revista de análisis cultural

Sonia Mattalía. ‘El saber de las otras: hablan las mujeres’

Sonia Mattalía Alonso: El saber de las otras: hablan las mujeres

Publicación original: Mattalía, Sonia y Aleza, Milagros (edas.) (1995). Mujeres: escrituras y lenguajes (en la cultura latinoamericana y española). Departamento de filología española, Universitat de València: 21-30.

Sonia Mattalía: el idioma de los argentinos

…La juzgo tan eterna como el agua y el aire

Jorge Luis Borges

En su último libro, Sonia Mattalía volvía al autor con el que había comenzado su carrera académica: Juan Carlos Onetti. Casi treinta años después de la tesis doctoral que se convirtió en su primera publicación y de una extensa producción intelectual que recorría la literatura latinoamericana de norte a sur del continente y de la colonia a nuestros días, este retorno se me antojaba melancólico, como quien vuelve al primer amor después de muchos tumbos en la vida. No lo era, en realidad Sonia nunca abandonó a Onetti y, en el transcurso del tiempo, había ganado una extraña intimidad con él.

Todo comenzó en el año 1976, durante la primera estación de su exilio en Montevideo, cuando se encontró con La vida breve (que en aquel entonces estaba prohibida en Uruguay). Así lo cuenta al comienzo de la falsa vuelta que compone Onetti: una ética de la angustia (2012): “La leí tirada en un sótano de la calle Francisco Llambí en el barrio de Pocitos, en Montevideo; de vez en cuando miraba de reojo los zapatos de los transeúntes que pasaban por la vereda”. Cuenta que le contó esta escena al escritor uruguayo, “a su larga figura recostada en el cama”, cuando lo visitó en su casa de Madrid en 1990. Aunque la complicidad venía de antes, el encuentro sellaría una misteriosa lealtad: “Santa María era mi destino”, le confesó Sonia a Onetti.

Una vez le pregunté con cierta alarma si no le parecía un misógino, no fui la única. Sonia se reía. “Sabe qué desea una mujer”, contestaba enigmática y un poco cansada de esas acusaciones tan frívolas. Nos mandó a leer “El infierno tan temido” y lo que había escrito sobre el cuento (“un regalo de amor”). No sé si nos asustó más la descripción onettiana del tormento o lo que Sonia había sido capaz de leer en su reverso y nos lo mostraba como si hubiéramos estado ciegos todo el tiempo. Ya no podremos olvidar el estrago que puede causar el deseo femenino ni a quienes saben de sus resortes.

Leer sobre el deseo incitaba a seguir leyendo (siempre se quiere averiguar más sobre ese secreto) y Sonia convertía apasionadamente la lectura en causa de deseo. Así escribía sus libros: formaban parte de su vida, de sus charlas, eran una continuidad de su persona. Ponía a circular su saber con tanta generosidad como naturalidad, nos retaba a encontrarnos en los textos y a preguntarnos por nuestra época, nos hacía leer con un poco más de rigor y un poco más de disfrute.

En todo este tiempo parecía que había olvidado a Onetti porque coordinaba ensayos dedicados a otros escritores (Borges, entre la tradición y la vanguardia en 1990), publicaba ediciones críticas de sus autoras preferidas (Ifigenia de Teresa de la Parra, 1992) o componía ese mapa espléndido de escritoras que sería su libro Máscaras suele vestir. (Revuelta y Pasión: escrituras de mujeres en América Latina, de 2003). “Es mi obra de senectud” solía decir. También en eso nos engañaba. Parecía traicionar al hombre tumbado en la cama en sus publicaciones dedicadas al Modernismo y la Vanguardia: Miradas al fin de siglo. Lecturas modernistas y Tupí or not Tupí. (Ensayos sobre la narrativa de vanguardia en América Latina), de 1997 y 2004 respectivamente. Cuando se distraía, Onetti reaparecía: de forma explícita en su introducción y notas a La vida breve (1994) o en el homenaje encubierto de La ley y el crimen. Usos del relato policial en la  narrativa argentina  del 2008, porque todos sabemos que la mayor dicha del viejo era un whisky y un buen policial.

Mientras, estos y otros libros marcaban un modo de lectura, una manera de hacer crítica literaria. No desplegaban solo conocimientos o detalles nunca antes registrados de la producción cultural latinoamericana, no se trataba solo de la seguridad de lo trasmisible. Había, hay en ellos algo más, un espacio por venir para el que inventamos hoy una lengua.

Los libros levantan territorios y leídos unos tras otros, fundan un idioma. En sus clases, en sus obras y hasta en sus conversaciones, Sonia instituyó una mitología argentina en la que cada uno se figuró a su manera ese país en el que seguimos habitando. Algunos transitaron necesariamente por la poesía gauchesca, casi todos recorrimos de su mano el París bonaerense de Rayuela, otros merodearon por lo real como imposible al descubrir a Alejandra Pizarnik, también el horror de la última dictadura militar. Así imaginábamos el lugar de donde venía y del que hicimos distintas patrias; incluso, sin propósito alguno, incorporamos o naturalizamos algunos términos de su idioma: cambalache, pelotudo, pucho y boludez. De esta manera y aunque nos unía el ¡ché!, nuestra lengua se hizo un poco más extranjera y nosotros más argentinos.

Leemos los libros de Sonia para actualizar las figuras de Sor Juana Inés de la Cruz, Martí, Darío, Bombal, Quiroga, Peri Rossi, Vallejo, Valenzuela y muchos más que nos procuró, para que la literatura no cese y para que no se detenga su escritura. Leemos esos libros porque en ellos volvemos a escuchar a Sonia, esa voz en sus textos, ese texto que se hace en su voz y ya no podemos dejar de oír de otra manera. Aquello de saber –que decía Borges en El idioma de los argentinos– cómo habla un personaje para averiguar quién es y así, recobrar su entonación, su cadencia, ese tono tan familiar que nos descubra nuestro destino, como ella descubriera el de Santa María.

Leemos sus libros pensando que la recuperamos pero nos recuperamos a nosotros mismos en lo que nos constituyó. Leemos esos libros para leer como ella.

He utilizado todo el tiempo la primera persona del plural, creo que no me equivoco si hablo en nombre de estudiantes, lectores, seguidores, amigos y amigas. Es una manifestación del pudor y la contención pero también designa la forma en que hizo escuela y nombra a todas las comunidades venideras de su idioma compartido.

Lo que he contado no es la historia de las aportaciones académicas de Sonia sino de lo que aprendí con ella. En algún momento de la recreada persistencia onettiana que Sonia había convertido en revelación recordé que alguien (no sé quién me lo dijo) había definido su tesis como una pelea entre las tres grandes bestias de la crítica literaria contemporánea: el marxismo, el estructuralismo y el psicoanálisis. No debemos engañarnos, esas eran sus fidelidades y para ellas inventó su amor a Onetti, una de sus mejores creaciones.

Abro su último libro al azar y leo: “Escribir es hacer una brecha en la Ley. Abrir ese agujero, desplegarlo, hacerlo transitivo al lector, es el papel social de la literatura”. ¿Cuál de las tres bestias ruge más fuerte aquí? En esta vuelta que no lo era, Juan Carlos Onetti quedaría afirmado, finalmente, en una ética de la angustia y para nosotros, siempre, Sonia Mattalia en una ética de la lectura.

Nuria Girona Fibla

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