K A M C H A T K A

Revista de análisis cultural

Julio Fuertes Tarín. ‘Desventura de Pajarico Aliaga + Clocha Perlita’.

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Julio Fuertes Tarín (Valencia, 1989). En la actualidad es estudiante de Filología Hispánica en la Universitat de València, traductor de tres novelas para Alpha Decay (Richard Yates, La dieta de los no hola, Robar en American Apparel) y músico en tres bandas valencianas (Gypsy Casino, Johnny B. Zero, Holy Paul).

Desventura de Pajarico Aliaga + Clocha Perlita

 “Esta es la ciudad alegre que vivía confiada, que decía en su corazón: Yo, y no hay más otra que yo. ¡Cómo ha sido asolada, hecha guarida de fieras! Cualquiera que pase junto a ella, se mofará y agitará el puño”

SOFONÍAS 2:15

El aula es más larga que ancha y es como si se precipitase desde lo alto de su geometría hasta la hundida tribuna del profesor, que está ahora mismo desocupada. El resto de mesas son tablas de madera que, dispuestas en paralelo, cruzan a lo ancho gran espacio. Puede verse a través de las ventanas una estructura de cemento que no deja pasar la luz entusiasta del mediodía; el sol se cuela sólo en parte, dividido, provocando cierta sensación de enmudecimiento. Sí que entra algo de frío, pero no entra lo suficiente: hace falta en este lugar más aire helado, del tipo que pone a funcionar la maquinaria de la democracia. El frío muestra un enemigo verdadero, tangible; une a las personas en un sentido estúpido y necesario: Oslo, Laponia, Reikjavic. Pero esta ciudad no deja de ser un infierno tropical la mayor parte del año.

Se agitan dos únicas cabecitas dentro de la clase: la primera, en la parte alta del aula, la tiene sobre los hombros el abstracto[1] Pajarico Aliaga, estudiante de edad inconcreta y cabello ralo, que pretende discernir el mejor asiento posible. La segunda, más abajo, corresponde a la de una joven estudiante de primer año, de cabello liso como una melodía de oboe, que lleva gafas elegantísimas y un jersey de punto. Está sentada y se gira para mirar descaradamente a Pajarico Aliaga:

CLOCHA PERLITA: ¡Hola!

PAJARICO ALIAGA: Hola.

Clocha Perlita se da la vuelta y fija de nuevo la vista en su ordenador portátil. Clocha Perlita está habituada a mandar y a hacer callar, no así Pajarico Aliaga, que en su inmanencia es incluso transgresor. ¡Ahí se ha quedado, como un pasmarote! De momento, el aula sólo la ocupan los dos estudiantes. Dentro de un rato, otra muchacha con pendientes enormes entrará tímidamente por la puerta, rehuirá las miradas de Pajarico Aliaga y Clocha Perlita y, nada más sentarse a la larga tabla de madera, escribirá algunas anotaciones en su libreta recién estrenada, todo esto como prolegómeno de lo verdaderamente importante. Pero la muchacha todavía no ha llegado y de momento Pajarico Aliaga, por fin liberado de la turbación, vuelve a emprender la tarea de encontrar un asiento óptimo en términos de visibilidad general y proximidad al calefactor, considerando ese lugar quimérico que se encuentra entre la necesaria cercanía al profesor y la atractiva zona de atrás, adonde se retiran los egregios y los rebeldes.

Parece que justo ahora el chico ha encontrado ese lugar donde convergen todas las circunstancias amables; deja con cuidado la bolsa en el suelo cuando Clocha Perlita vuelve a girar la cabeza:

CLOCHA PERLITA: ¡Hola! ¡Ven un momento!

(e con desparpajo)

PAJARICO ALIAGA: ¿Qué tal?

(se toca el pelo)

CLOCHA PERLITA: ¿Conoces a alguien?

PAJARICO ALIAGA: La verdad es que no.

CLOCHA PERLITA: Yo tampoco. Siéntate aquí.

Las palabras de ella revolotean por el amplio espacio del aula mientras el chico abandona dócilmente su asiento y acude a la llamada. Clocha Perlita habla y deja de hablar y se mece en los silencios y las pausas con naturalidad perfecta. En una de esas escuchan un crujido de lo más pertinente: se trata de otra muchacha que lleva pendientes enormes, que entra tímidamente por la puerta rehuyendo las miradas de Pajarico Aliaga y Clocha Perlita y que, nada más sentarse a la larga tabla de madera, escribe algunas anotaciones en su libreta recién estrenada. Al sonido de su escritura y al denso silencio que comparten agradablemente los jóvenes se van sumando algunos ruidos; adviértase que el aula se ha ido llenando inopinadamente, unos cuantos alumnos resoplan y apoyan las manos sobre la tabla de abedul, se profiere un comentario vagamente divertido por allí al fondo.

En el mismo quicio de la puerta, a la parte de fuera, la profesora Erundina toma aire, suspira, se peina una ceja con saliva y entra en el aula sonriente y bajando la testuz. Se sienta y observa un momento a los alumnos; sin bajar la vista, dispone con cuidado los libros sobre la mesa (páginas y páginas de bibliografía complementaria que no va a ser recitada en la clase y que sólo en el mejor de los casos fue leída por completo, hace décadas, en la quietud impersonal de un despacho que ya entonces tenía casi en propiedad). Tose dos veces delicadamente, la genuina: sirva este calculado ademán para constatar lo lejos que queda Erundina de cualquier pensión, estremecimiento, insomnio agraz o vaso de plástico. Pero Erundina sí tiene conocimiento de estos fenómenos porque frente a ella, entre todas las cabezas pulcras y quedas, se remueve de cuando en cuando el pelo sucio de Los Muchachos. Y ella los puede ver.

Los Muchachos, pobres y nada hacendosos (se jactan de no trabajar), levantan a veces la vista y otras veces escriben con paciencia, ninguno de ellos es Pajarico Aliaga. Sus anotaciones literarias, osadas o medrosas, están escritas boca abajo en las libretas con la intención de que sean ilegibles a primera vista, con la esperanza de que en esas hojas sólo llame la atención el trazo titubeante de un dibujo de fallida perspectiva. Así, Los Muchachos esperan que una posteridad apócrifa pueda leer esa inversión gravitatoria de las letras en términos de disidencia (en cualquier caso pacata o inválida, como un Felipe V en Xàtiva: ¡pero si no hay más que darle la vuelta otra vez! ¡Pero si hay muchachos que escriben páginas y páginas reconociendo consternados lo ridículo de su vocación![2] ¡Por Dios!). Los muchachos, tiernos y febriles, confunden a menudo el cigarro con el bolígrafo y al revés, situación que en todo caso da como resultado un gesto torpe y erosionador pero que a la vez, de golpe y para siempre, los libra del mínimo barniz de —ya lo habrá insinuado algún cicatero— frivolidad.

La profesora Erundina ya parece satisfecha con el número de asistentes a la clase y se levanta de la silla para abrir, no sin dificultades, un armario de chapa metálica que hay junto a la pared. Dentro del armario hay un quejido que se escapa y detrás de él aparece un ordenador de sobremesa al que le lleva cierto tiempo alcanzar la plena operatividad. En la pared, una tela blanca ha de recoger las imágenes del proyector. La profesora Erundina ordena con un gesto sencillo que alguien apague las luces. Pajarico Aliaga, que ha permanecido abstracto de acuerdo con su naturaleza, mira un reloj que señala que son las diez y cuarto, luego levanta la vista hacia lo recién proyectado.

Profesora Erundina: Perito en lunas es un artificio retórico. Es hermético. Mirad este armario, que está abierto. Si lo cerramos, ahora… ¿Veis? Ahora está cerrado herméticamente. No vemos lo que hay dentro.

CLOCHA PERLITA: Hola.

PAJARICO ALIAGA: ¿Qué tal?

CLOCHA PERLITA: Me gusta mucho tu camisa. ¿De dónde eres? ¿Es tu primer año?

PAJARICO ALIAGA: No, gracias.

CLOCHA PERLITA: Me llamo Clocha Perlita. Soy de Bocairent. Madre mía, no he dormido nada. ¿Has tenido más clases hoy?

PROFESORA ERUNDINA: Este es un discurso, pues, eh… Fundamentalmente de izquierdas…

Pajarico Aliaga se expresa con la torpeza con la que un payaso de circo cocinaría un huevo frito en el transcurso de su espectáculo. Su incapacidad para la comunicación oral le impide con frecuencia la trabazón de nuevas amistades: el estudiante agita una mano, luego otra, balbucea algunos saberes que ha ido atesorando, saberes extemporáneos y poco interesantes. Su ridiculez la cubre Clocha Perlita con sonrisas de lástima y gestos agradables, el deliberado roce del dorso de la mano con la camisa de franela (quiere decirse la sintonía de El hombre y la tierra, palomas emprendiendo un vuelo de ordinaria estampa, el rugido famélico de un tigre con tuberculosis).

PROFESORA ERUNDINA: Está muy de moda que todas las obras… el autor se va dejando ver. Su biografía en la obra. De un modo autobiográfico.

Erundina sigue explicando la diferencia entre artificio retórico y poesía social con la tranquilidad insistente y maligna de los teleoperadores. Alguno de Los Muchachos estará dibujando seguramente la soga del ahorcado en una esquina de la página, pero Pajarico Aliaga no puede sino dejarse seducir por estas magníficas ofertas, que esquematiza pobremente sobre el papel. Quien sí ha dejado de escribir anotaciones es la muchacha de los pendientes enormes, que ahora saca el teléfono móvil del bolsillo y parece entretenerse con otro tipo de frivolidades: pasea la mirada por toda la clase, se gira a observar la puerta de salida y finalmente guarda en su mochila todo lo que había puesto sobre la mesa al inicio de la clase, hace ya veinte minutos. Se pone en pie. Clocha Perlita y Pajarico Aliaga vuelven a rozar las manos en tímida y tropezada resolución: “bebo por ti las aguas de este charco en un páramo sombrío”, piensa Pajarico Aliaga de manera inconcreta, quizá por Clocha Perlita o quizá por otra cosa: “soy un animalito sucio; este es el destino del que no quiso privarme mi mamá dedicando su último aliento a comprobar que mi admisión en la Facultad se llevaba a cabo con toda normalidad”; Clocha Perlita observa la proyección con desdén, nunca sabremos qué pensaba.

MUCHACHA: ¡Deténgase la clase al punto!

PROFESORA ERUNDINA: ¿Perdone?

MUCHACHA: ¡El Comando Puño y Letra reivindica este atentado!

PROFESORA ERUNDINA: ¿Qué atentado, insolente?

MUCHACHA TERRORISTA: ¡Este!

Se percibe entonces, leve y sutilísimo, el sonido característico de la mecha prendida, que todos conocen bien pero que nadie toma realmente en serio. La muchacha terrorista sube los escalones a toda prisa, de tres en tres; se detiene justo delante de la puerta de salida. Señala con el dedo a la profesora.

MUCHACHA TERRORISTA: ¡La democracia mató a Sócrates! ¡El conato de alfabetización de los pobres de espíritu ha destruido la civilización occidental, que hoy padece precisamente un exceso de pulcra, medrosa y beata civilización! ¡Océanos de mediocracia! ¡Hoy, más que nunca, luchemos por la verdadera igualdad de oportunidades y rechacemos con asco la docilidad bovina de los contrahechos pupitres! ¡Alcanzaremos la expresión última de la igualdad cuando las herramientas de que dispone el hijo del rey se entreguen al hijo del obrero, sí, pero entonces, solo entonces y muy regiamente, deberemos reprobar al hijo del obrero la mínima mediocridad en su desempeño con la exquisitez propia de los altos de cuna! ¡Mueran aquellos que nos desoyen!

Antes de que se produzca reacción alguna, la muchacha escapa del aula cerrando la puerta tras de sí. Hacen explosión los petardos, primero en la parte alta de la clase; saltan esquirlas de ladrillo, la pared del fondo vomita una nube de yeso sobre los estudiantes; el susto es mayúsculo pero nadie resulta herido. Incluso un loco tiene tiempo de señalar, a voces, el raro alivio que supone que el atentado se produzca con materiales regionales y que participe de esa teatralidad tan propia de la comarca. Apenas el loco termina su razonamiento comienzan a estallar algunas mesas y entonces se agota el espacio de la reflexión: sólo queda el asqueroso maridaje entre la víscera joven y el conglomerado de abedul. Los primeros afectados, con sus bramidos, dan a entender al resto que el suceso es un atentado de cierta consideración, el ruido va ahogando los gritos y a los cascotes y el yeso se suma algún que otro trozo de estudiante, alguna individual y personalísima mezcla humores corporales. La profesora Erundina chilla como un animal pequeño bajo la mesa, Pajarico Aliaga y Clocha Perlita buscan refugio también en la larga tabla de madera mientras a su alrededor silban las astillas de nervioso y afilado vuelo:

CLOCHA PERLITA: ¡Me faltaban diez créditos!

Pajarico Aliaga piensa en esta delicada hora que a diferencia de su padre no concibe la carrera universitaria como un sueño hecho realidad sino como la poderosa inercia de un río de agua sucia, un río que arrastra generaciones de humanistas hasta la orilla seca del profesorado, al llegar a la cual uno debe girarse y aplaudir a esos niños que ahora mismo flotan arrastrados por el río manso, que ahora mismo devuelven el saludo tragando algo de agua y expulsándola con dificultad por las narices, completando así el círculo de la sabiduría y de la vida: «¡ánimo, joven con inquietudes!», diría el todavía húmedo maestro, esto es lo que piensa Pajarico Aliaga debajo de la mesa mientras todo ruge[3] y se suceden las intolerables explosiones cada vez más cerca de los dos jóvenes. Al levantar la vista y mirarse el uno al otro con amoroso cuidado, descubren que hay un petardo bajo la mesa. Se trata de un explosivo de considerable tamaño, probablemente modificado, quizá relleno de trinitrotolueno o algo peor, algo sólo concebible por el caletre retorcido de los revolucionarios y los terroristas. Clocha Perlita, orgullo de Bocairent, arranca el dispositivo de debajo de la mesa y lo lanza, presa del subconsciente, hacia la tribuna del profesor: el petardo estalla dejando inconclusa su parábola homicida y Erundina acentúa sus balidos.

(pausa dramática)

A las once menos diez, las astillas reposan tranquilas sobre lo que queda de las mesas, la luz cae sobre el aula sin contención alguna a través de las ventanas rotas. Se pueden oír respiraciones agitadas, tres o cuatro llantos diferentes y sobre todo, constante y terrible, un pitido sordo dentro de todas las cabezas. El polvo aún no ha aterrizado del todo sobre los cuerpos y los cristales cuando Erundina levanta los ojos pequeños y entrecerrados por encima de su mesa, que ha quedado intacta y se diría que sin mácula. El cadáver de la bestia deja salir de sus entrañas a los primeros supervivientes que, más sabios y advertidos de lo que habría cabido esperar hace un rato, echan a correr sin miramiento alguno hacia la salida. Cuando la última mota de polvo abandona su arbitrario vuelo y se deposita sobre un rizo del cabello de Erundina, la profesora toma de nuevo el control y propone con su voz estridente la disolución de la clase; pide a los alumnos restantes que la acompañen al pasillo. En el pasillo, el polvo y la luz juegan a hacer dibujos y pronósticos. Los pocos estudiantes que quedan se sitúan en forma de semicírculo ante Erundina, que reviste un aura espectacular, angélica y magnificadora.

   PROFESORA ERUNDINA: Alumnos míos, carne de mi académica carne, dientes insustituibles de este vulnerado engranaje: lo que hoy hemos vivido nos demuestra [irreproducible] quedamos presos del horror, pero a pesar de todo [ininteligible] trabajo en equipo, sobre todo esfuerzo; [inaudible] democracia. Esta Universidad [ininteligible] medios a vuestra disposición, [irreproducible], compañerismo para alcanzar nuestras metas y no permitamos nunca [inaudible]. Muchas gracias por prestarme atención en este momento crucial de nuestras vidas. ¿Dudas, preguntas, objeciones? Id a casa ahora; tranquilizaos, abrazad a vuestros familiares, tumbaos en el sofá y bebed, os lo ruego, mucha agua. Os hará bien.

   Erundina arranca un breve pero sólido aplauso del alumnado; con el batir de palmas se produce una pequeña nube de polvo, yeso y suciedad blanquecina. El reloj del pasillo marca las once y cinco minutos. La profesora comienza a caminar por el pasillo evitando con pericia los cascotes para finalmente bajar las escaleras toda prisa. Algunos deciden marcharse y pasan cabizbajos por los pasillos con impertinente sensación de fracaso; Pajarico Aliaga y Clocha Perlita se miran largo rato, cogidos de la cintura, los labios llenos de yeso y polvareda, las mejillas bañadas de arrebol. Pronto dejan atrás la desolación del aula y la desocupada tribuna de la profesora, que aún se puede ver a través del vano de la puerta; bajan las escaleras doloridos y al salir del edificio se dirigen, parece que sedientos, a una fuente pública.

[1] El Diccionario de Autoridades (1726) recoge esta acepción de la palabra abstracto: «Lo mismo que absorto, enagenado de los sentidos y fuera de sí.» Es nuestra voluntad que la lectura de esta antigua acepción oscurezca el uso presupuesto, habitual y contemporáneo de la voz abstracto y nos conduzca terriblemente a la ambigüedad.

[2] Para los curiosos, he aquí la transcripción del que quizá sea el más bochornoso texto jamás escrito por uno de Los Muchachos (ya viene intitulado como La Musette…):

“No deberías hacer nada: ¡todo lo que te gusta te parece poco menos que aristocrático! Y es una opinión legítima. Se te ve la cara de asco cuando bajas al piano a tocar con atropello los primeros compases de un estudio de Bertini o la Musette de Leopoldo Mozart (te gusta más Bertini); se te oye teclear con desgana los versos blancos en el ordenador portátil; ¡menudo arrastrar de pies por el despacho del segundo piso, cómo sabes que no te van a llevar preso! Aún parece que salga humo de las ruinas. Y por la ventana, ¿qué entra? Más de lo mismo: la visión de un gato que busca algo de amparo debajo de tu coche (tienes las ruedas un poco deshinchadas; ¡así das cobijo tú a los gatos! ¡Filósofo!), ¿cómo es posible que lleves puesto ese batín de franela? Ya no trabajas la madera en el garaje, no le has pedido la caladora a tu tío, no construyes pequeñas mesas de café con madera encontrada en la calle: te faltas al respeto continuamente. Tienes las manos flojas. Ahí en la calle hacen falta manos fuertes y tú tienes dos manos que parecen dos polluelos rosados y hambrientos. Eres un aristócrata como los demás y lo único que te salva de una existencia genuinamente ruin es que no haces pública demostración del aristocrático ejercicio, le das la vuelta a las letras, ¡le das la vuelta y te conformas!; tampoco te preparas para la vida adulta practicando las consignas en voz alta, pero a veces sí que preguntas al aire ¿qué os pasa con eso del dinero? Tú es que lo tienes todos los meses, todos los meses te viene un sobre aristocrático, ¡cómo resuena la pregunta en las bóvedas de cañón! LA ESCRITURA PUEDE CAMBIAR EL MUNDO (SOBRE TODO LA NOTARIAL). La asignación que te da tu padre cada mes está claro que no la mereces: en tierna paradoja, sólo merecerías esta asignación si tuvieras un trabajo remunerado, tú sabes que el trabajo es una disposición de esclavos que es salvoconducto y coartada y símbolo de responsabilidad. No puedes decir no al trabajo; como mucho, disparar a un concejal y estudiar Derecho en la cárcel. ¡Hay que ver lo mala que es Erundina hablando de Miguel Hernández! Aquí no hay asamblea que valga; sin embargo, ser aristócrata es un trabajo que agota toda la posibilidad del tiempo: lo mejor es que no te hable nadie cuando tienes un piano en la cabeza, que no te molesten: tienes un piano en la cara, se te nota a la legua que tienes un montón de versos libres ahí en toda la cara. Para qué vas a trabajar: ya que tienes una asignación mensual y estás atrapado en este palacio lo menos que puedes hacer es entregarte a la actividad aristocrática y creadora (tú que tienes la posibilidad de comer sopa caliente sobre la ruina de un palacio de dos pisos, dos pisos y un garaje en el que no hay ninguna caladora porque no se la has pedido aún a tu tío: te avergüenzas), todo esto puedes plantearlo, si acaso te lo permite el rubor, como un trabajo invisible y fundamental, un trabajo como el reproductor o el doméstico. ¡Entra a tu habitación el padre y te molesta mientras escribes tus versos! Y ni siquiera trae el sobre con la asignación mensual: quieres abofetearlo. No puede decirse no al trabajo pero tú lo haces como un loco mesías: pues vas a cobrar en la divisa de la vergüenza y la culpa, que hace que el portador apriete el culo y no es tan ligera de llevar, a ti no te gusta lo ligero, a ti lo que te gusta es el Etude de Bertini (Op. 27 no3) mucho más que la Musette precisamente porque no es liviano sino que expresa el denso peligro de la situación: la quinta disminuida no es ninguna consigna asequible y emancipadora pero bien que expresa el peligro, bien aristocráticamente, la crítica musical por ejemplo no entiende de quintas disminuidas porque juzgan por el texto y no por la música, más aristócratas hacen falta, piensas mientras muerdes con los premolares el nudillo azul; muera el texto en el cine y muera el texto en la música arrastras los zapatos por el segundo piso como un alma en pena. Ni siquiera te está permitido morir de hambre. ¡Que ardan los papeles! Ya no te sirven para nada.”

[3] Evidentemente no es así: el pensamiento de Pajarico Aliaga es en todo punto inaccesible debido al exceso de decibelios y a las interferencias electromagnéticas, pero a día de hoy se barajan tres hipótesis, todas igualmente falsas: a) la que ha quedado dicha; b) la que insinúa que Pajarico Aliaga meditaba acerca de su propia concepción de la violencia, de si acaso la toleraba y, en tal caso, cuánto la toleraba: justa medición en unidades básicas; contra la violencia terrorista, ¿tolerancia uno?, ¿tolerancia tres?; c) la hipótesis surgida durante una reunión secreta de la Escuela de En Sala, cuyos pormenores y suposiciones no han sido todavía revelados.

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