K A M C H A T K A

Revista de análisis cultural

Cristián Alcaraz. ‘Canino’, ‘Niño pájaro’ y ‘Un águila se extiende…”

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Cristian Alcaraz (Málaga, 1990). Ha publicado los poemarios Turismo de interior (La Bella Varsovia, 2010), que obtuvo el III Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena”, y La orientación de las hormigas (Renacimiento, 2013), ganador del premio Andalucía Joven “Desencaja 2012”. Ha sido becado por la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (2011-2012) y actualmente es uno de los integrantes de Cienfuegos (taller/espacio de creación situado en Málaga). En el terreno teatral ha escrito junto con Alberto Cortés la pieza Seres queridos.

Canino

He salivado como un perro

–descendiente de Pávlov

con la boca repleta de moscas–

todas las veces que asoma y procura un encuentro.

Me he saltado todas las señales de STOP!

con el objetivo de que un coche me estampe hacia la izquierda

y volar.

 

He llamado al sol infierno y al calor autoestima.

He cortado la piel que me sobra de la oreja

para sentirme un poco más usado.

 

Escucho por placer el ritmo de otros testículos

golpeándome

 

y bailo

             ti-ro-te-a-do.

Niño pájaro

Yo, que nunca he dormido,

describo versos y ciudades bajo el edredón. Pienso

en dios con un hacha

cada vez que me desnudo ante esos hombres.

Hipócrita como soy

no merezco el cielo de la boca. No merezco

paisaje azul; ni gris tampoco.

 

Yo, niño pájaro,

el origen de la fuerza y de la envidia, de la certeza cruel

y de las llaves,

soporto a medias esta soledad.

 

Yo, que nunca he despegado,

encuentro en la altura una forma de refugio

de la que no participo.

 

No he luchado nunca por quedarme.

Solo he deseado volar

en mil pedazos.

Un águila se extiende con las alas abiertas encima de la mesa

del comedor. Es mi abuelo colgado en el pasillo

quien me da las buenas noches. Una lámpara cae de golpe.

Millones de niños ruegan a Dios llegar a los diecisiete sin tumores.

Pero yo no hablo. No puedo hablar delante de todos ellos.

 

Mis hermanos se chupan los pulgares. De la terraza comienzan a llegar

las hienas. Me arañan con las garras los tobillos,

se comen el resto de la cena.

Y se ve casi amanecer tras la cortina pero es el fuego.

Risas. Sangre. Todos quietos.

 

Mi familia destruida y todos quietos.

Pero yo no hablo. Yo

no puedo hablar.

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